La manipulación de la Biblia – Rey Ptolomeo II Filadelfo, parte 2

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En este nuevo capitulo de la serie sobre la manipulación de la Biblia, abordaremos la historia del Rey Ptolomeo II Filadelfo. Aunque quizás no sea el protagonista principal de la manipulación de la Biblia, fue el principal impulsor de este acontecimiento, y para entenderlo, primero debemos conocer la historia que lleva a este nuevo episodio.

En el corazón del período helenístico, entre los años 283 y 246 a.C., reinaba en Egipto un líder visionario: Ptolomeo II Filadelfo, miembro destacado de la dinastía ptolemaica. Este monarca, conocido por sus logros culturales y políticos, dejó una huella indeleble en la historia gracias a un proyecto monumental: la traducción de la Biblia hebrea al griego, conocida como la Septuaginta.

El proceso de traducción tuvo lugar en la vibrante ciudad de Alejandría. Aunque la conexión precisa entre Ptolomeo II y este proyecto no está completamente clara, la tradición judía, transmitida a través de la famosa Carta de Aristeas, sostiene que fue el propio monarca quien solicitó la traducción de los textos sagrados.

Según esta narrativa, Ptolomeo II deseaba enriquecer su famosa Biblioteca de Alejandría con una versión griega de la Ley judía, y para ello habría pedido la colaboración de líderes judíos en Jerusalén. Así, se habría encargado a un grupo de traductores judíos la tarea de llevar a cabo esta monumental labor.

Sin embargo, la historia no está exenta de debate y controversia. Algunos estudiosos cuestionan la precisión de esta narrativa, sugiriendo que la traducción de la Septuaginta podría haber sido un proceso más gradual y menos directamente vinculado al monarca.

A pesar de estas incertidumbres, lo que es innegable es el impacto perdurable de la Septuaginta. Esta versión griega de la Biblia hebrea se convirtió en una herramienta crucial para la difusión del judaísmo entre las comunidades de habla griega y, más tarde, para los primeros cristianos, quienes la adoptaron y utilizaron ampliamente en sus escritos y enseñanzas.

Es importante mencionar que después de varios años, personajes como Orígenes de Alejandría, Jerónimo de Estridón, Filón de Alejandría y los Manuscritos del Mar Muerto encontraron pruebas de que la Septuaginta tenía discrepancias entre las versiones griega y hebrea de las Escrituras. Jerónimo comparó la Septuaginta con el texto hebreo original y señaló diferencias significativas entre ellos.

Estos son solo algunos ejemplos de personas y fuentes que han contribuido al estudio crítico de la Septuaginta y han señalado posibles errores o manipulaciones en su contenido. Su trabajo ha sido fundamental para comprender la historia y la transmisión de las Escrituras bíblicas a lo largo de los siglos.

Pero, ¿por qué estos líderes judíos, que conocían la Biblia hebrea de principio a fin, ocultaron, cambiaron y modificaron algunas cosas como el verdadero nombre de Dios, acontecimientos o referencias que tenían en su Biblia hebrea?

Para entender esto, podemos ver que Jeremías ya había profetizado esto tres siglos antes de que se realizara esta traducción, y lo podemos encontrar en el libro de Jeremías 8:8 que dice: «¿Cómo se atreven a decir: ‘Somos sabios; la Ley del SEÑOR nos apoya’, si la pluma engañosa de los escribas la ha falsificado?«

Para entender el contexto cuando el Rey Ptolomeo II pidió que 72 escribas judíos tradujeran la Biblia, es posible que algunos sectores de la comunidad judía hayan mostrado resistencia a la idea de traducir las Escrituras al griego debido a su profundo respeto por la lengua hebrea y la sacralidad de los textos en su forma original. Los judíos eran conocidos por ser celosos de la palabra escrita y por mantener una estricta observancia de las leyes y tradiciones religiosas, lo que podría haber generado preocupación sobre la fidelidad y la integridad de una traducción al griego.

Un claro ejemplo fue no dar a conocer el verdadero nombre de Dios. En el idioma hebreo, el Tetragrámaton es el nombre divino de Dios en el judaísmo, representado por cuatro letras hebreas: YHWH (יהוה). En la tradición judía, este nombre es considerado sagrado y se evita pronunciarlo en voz alta, por lo que se leen otras palabras como «Adonai» («Señor») en su lugar.

Cuando los escribas judíos tradujeron la Biblia hebrea al griego durante el proceso de creación de la Septuaginta, enfrentaron el desafío de cómo representar el Tetragrámaton, ya que no había un equivalente exacto en griego. En lugar de traducir el nombre divino, optaron por transliterarlo al griego con otro significado que estaba alejado al real «ΠΙΠΙ«. Esta práctica de sustituir el Tetragrámaton con una transliteración en griego se encuentra en varios manuscritos de la Septuaginta.

A lo largo de los siglos, esta convención se mantuvo en muchas copias de la Septuaginta y también influyó en las traducciones posteriores de la Biblia al latín y otras lenguas. Esta es la razón por la que en algunas versiones antiguas de la Biblia, así como en la Septuaginta, no encontrarás el Tetragrámaton.

Este es uno de muchos errores o manipulaciones que se pueden encontrar hoy en día en esta traducción al griego, que, a raíz de esta traducción, vemos un gran conflicto que hizo querer eliminar por primera vez la Biblia y a los judíos. Esto lo profetizó Daniel y en el canon de la Biblia Católica viene este hecho histórico llamado el libro de los Macabeos.

En el siglo II a.C., el reino seléucida, gobernado por Antíoco IV Epífanes, se extendía desde Asia Menor hasta el Levante, incluyendo la región de Judea. Antíoco tenía una visión ambiciosa: quería imponer la cultura griega, incluyendo sus prácticas religiosas, en todas las regiones bajo su dominio. Pero los judíos, arraigados en sus propias tradiciones y creencias, resistieron los intentos de helenización. La influencia de la Septuaginta, la traducción al griego de las Escrituras hebreas, había fortalecido su conexión con su herencia religiosa y cultural.

Antíoco IV, en su afán de eliminar las prácticas judías, promulgó leyes prohibiendo la observancia del Shabat, la circuncisión y otros rituales importantes. Además, ordenó la profanación del Templo de Jerusalén, uno de los sitios más sagrados para el pueblo judío.

La situación llegó a su punto crítico cuando Antíoco IV intentó imponer la adoración de deidades griegas en el Templo, incluso erigiendo una estatua del dios Zeus dentro de sus muros. Esto desencadenó una rebelión liderada por Judas Macabeo y sus hermanos, conocida como la Revuelta de los Macabeos.

La Revuelta de los Macabeos no solo fue una lucha por la libertad religiosa, sino también un símbolo de resistencia contra la opresión cultural. La victoria de los Macabeos llevó a la restauración del Templo de Jerusalén y al establecimiento de la fiesta de Janucá, que conmemora este evento hasta nuestros días.

En nuestro próximo podcast, hablaremos ahora del emperador Constantino el Grande, quien, en mi opinión, fue uno de los personajes que manipuló de una manera vil y ruin la que hoy conocemos como la santa Biblia.

«¿Cómo se atreven a decir: ‘Somos sabios; la Ley del SEÑOR nos apoya’, si la pluma engañosa de los escribas la ha falsificado?»

Shalom.

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