¿Jesús celebró Janucá?: lo que casi nadie predica 

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¿Sabías que en la Biblia se menciona que Jesús estuvo presente en una festividad judía conocida como Janucá, también llamada la Fiesta de las Luces?

Esta celebración, que hasta el día de hoy el pueblo de Israel continúa observando, conmemora durante ocho días un milagro ocurrido antes del nacimiento de Jesús.

Lo verdaderamente sorprendente es que este relato no aparece desarrollado en la Biblia cristiana, mientras que en la tradición católica sí se menciona.

Sin embargo, hay un detalle clave que pocos conocen: en la Biblia cristiana o protestante existe un versículo que muestra a Jesús presente en uno de los días de esta celebración, dentro del Templo de Jerusalén.

Primero, quiero que entendamos qué ocurrió realmente en esta festividad llamada Janucá, también conocida como la Fiesta de las Luces, y por qué se celebra durante ocho días.

La historia de Janucá se remonta al siglo II antes de Cristo, en un tiempo de profunda opresión para el pueblo judío. Judea estaba bajo el dominio del imperio seléucida, gobernado por Antíoco IV Epífanes, un rey que no solo buscaba controlar el territorio, sino también borrar la fe del pueblo de Israel.

Antíoco IV Epífanes

Antíoco prohibió la Ley de Moisés, profanó el Templo de Jerusalén y lo convirtió en un lugar de culto pagano. Incluso se ofrecieron sacrificios a dioses extranjeros dentro del templo, un acto considerado una de las mayores profanaciones en la historia judía.

Ante esto, surgió una resistencia encabezada por una familia sacerdotal conocida como los Macabeos. Contra todo pronóstico, un pequeño grupo de hombres decidió levantarse en defensa de su fe. Tras años de lucha, lograron algo que parecía imposible: recuperar Jerusalén y liberar el Templo.

Cuando los Macabeos entraron nuevamente al Templo para purificarlo y rededicarlo a Dios, ocurrió algo inesperado. Encontraron solo una pequeña vasija de aceite puro, suficiente para mantener encendida la menorá —el candelabro sagrado— por un solo día. Preparar más aceite requería varios días.

Pero entonces sucedió el milagro.

Menorá

Ese aceite, que debía consumirse en 24 horas, ardió durante ocho días completos, el tiempo necesario para preparar nuevo aceite consagrado.
Ese hecho marcó el desenlace de la historia y dio origen a la celebración de Janucá.

Por eso, durante ocho días se encienden las luces: no solo para recordar una victoria militar, sino para conmemorar la fidelidad de Dios, la restauración del templo y la luz que no se apagó cuando todo parecía perdido.

Este relato no se encuentra en el canon hebreo tradicional, pero sí está preservado en el canon católico, específicamente en los libros de los Macabeos, considerados libros deuterocanónicos. Allí se narra con detalle este período crucial de la historia del pueblo judío.

Janucá, entonces, no es solo una festividad de luces.
Es una historia de resistencia, fe y restauración…
y una luz que brilló en medio de la oscuridad.

Ahora bien, aquí surge una pregunta inevitable:
si esta historia es tan importante, ¿por qué no aparece en el canon cristiano protestante?
¿Por qué los libros de los Macabeos fueron considerados apócrifos por algunos, mientras que la Iglesia católica sí los conserva?

La respuesta no es sencilla, pero es profundamente histórica.

PRIMEROS VERSOS DE EL PRIMER LIBRO DE LOS MACABEOS

Los libros de los Macabeos fueron escritos originalmente en griego y formaban parte de la Septuaginta, la traducción griega de las Escrituras hebreas que era ampliamente utilizada en tiempos de Jesús y de los apóstoles. Esta versión incluía textos que no estaban en el canon hebreo posterior.

Siglos más tarde, cuando el canon hebreo fue definido por las autoridades judías, los libros de los Macabeos quedaron fuera, no porque contradijeran la fe, sino porque no estaban disponibles en hebreo y porque narraban acontecimientos históricos posteriores al período considerado “profético”.

Reforma Protestante en el siglo XVI

Cuando llega la Reforma Protestante en el siglo XVI, los reformadores decidieron adoptar ese canon hebreo como base para el Antiguo Testamento. Por esa razón, los libros que no formaban parte de ese canon —como Macabeos— fueron clasificados como apócrifos, es decir, útiles para lectura histórica, pero no doctrinales.

La Iglesia católica, en cambio, mantuvo estos textos dentro de su canon, considerándolos deuterocanónicos, no por ser añadidos tardíos, sino porque habían sido leídos y utilizados por la Iglesia desde los primeros siglos. Para el catolicismo, estos libros aportan contexto histórico, espiritual y teológico que ayuda a comprender mejor el período entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.

Por eso, mientras algunas tradiciones cristianas los excluyeron para definir doctrina, la Iglesia católica los conservó como parte integral de la historia de la fe, especialmente porque explican eventos clave como la purificación del Templo, el origen de Janucá y el contexto en el que, siglos después, aparecería Jesús.

En otras palabras, no se trata de una contradicción, sino de dos decisiones canónicas distintas, basadas en criterios históricos, lingüísticos y teológicos.

Y aun así…
la historia de Janucá permanece.
Incluso aparece, de forma silenciosa pero poderosa, en los evangelios.

Y aquí es donde todo cobra aún más sentido.

El evangelio de Juan, capítulo 10, nos da una pista silenciosa pero poderosa. El texto dice que Jesús se encontraba en Jerusalén “en el tiempo de la Fiesta de la Dedicación”, y añade un detalle clave: era invierno.

La Fiesta de la Dedicación no es otra cosa que Janucá.

Se le llama así porque conmemora la rededicación del Templo de Jerusalén después de haber sido profanado, exactamente el evento que narran los libros de los Macabeos. Juan no explica la historia… porque sus oyentes ya la conocían.

Jesús camina entonces por el pórtico de Salomón, dentro del Templo. Y el escenario no es casual. Janucá celebra que la luz volvió a encenderse cuando el templo fue restaurado. Y es justamente ahí, en medio de la Fiesta de las Luces, donde Jesús pronuncia una de las declaraciones más confrontadoras de su ministerio.

Cuando le preguntan directamente si Él es el Mesías, Jesús responde hablando de luz, de obras, de identidad y de unidad con el Padre. No lo hace en cualquier fecha. Lo hace durante Janucá, la celebración que recuerda cómo Dios defendió su templo y mantuvo viva su luz.

Es como si el evangelio de Juan estuviera diciendo algo sin decirlo abiertamente:
la verdadera dedicación ya no es solo un edificio… ahora es una persona.

Mientras el pueblo recordaba la purificación del templo de piedra, Jesús se presenta como Aquel en quien habita la presencia de Dios. Mientras celebraban una luz que no se apagó, la Luz verdadera caminaba entre ellos.

Por eso Juan no menciona Janucá como un detalle histórico menor.
La menciona porque el momento importa.
El contexto importa.
Y el mensaje es profundo.

La Fiesta de la Dedicación no solo mira al pasado…
apunta directamente a Jesús.

Janucá nos recuerda que hubo un tiempo en que el templo fue profanado, la fe perseguida y la luz casi extinguida.
Y aun así… la luz no se apagó.

Siglos después, en esa misma fiesta, Jesús camina por el templo. No llega con una espada ni con un ejército. Llega en silencio, en invierno, en medio de una celebración que hablaba de restauración y esperanza.

Mientras el pueblo recordaba un milagro del pasado, el verdadero significado estaba frente a ellos.

Porque Janucá no solo habla de aceite que duró ocho días.
Habla de dedicación.
De volver a encender lo que parecía perdido.
De creer que, aun cuando los recursos son pocos, Dios sigue obrando.

Y tal vez hoy la pregunta no es histórica…
es personal.

¿Qué necesita ser rededicado en nuestra vida?
¿Qué luz hemos dejado apagar?
¿Y qué pasaría si, como en Janucá, decidiéramos volver a encenderla?

Porque la historia nos dice algo claro:
cuando todo parece oscuro, una pequeña luz puede cambiarlo todo.

Y a veces…
esa luz ya está entre nosotros.

Shalom

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