El primer acto de desobediencia no fue humano: Una lección del judaísmo

Published by

on

Bereshit (Génesis) 1:11–12, 23

Dijo el Eterno (Hashem):

“Produzca la tierra herbaje, hierba que dé semilla, árbol de fruto que dé fruto según su especie, que su semilla esté en él sobre la tierra”, y fue así.

Entonces sacó la tierra herbaje, hierba que da semilla según su especie; y árbol que da fruto, que su semilla está en él, según su especie. Y vio el Eterno (Hashem) que era bueno.

Entonces dijo Hashem (el Eterno):

“He aquí, les es dada toda hierba que germina semilla, que está sobre la faz de toda la tierra, y todo árbol que tiene en él fruto del árbol, que germina semilla; será para comer”.


La orden divina y el diseño original

Cuando Hashem (el Eterno) da la orden, el texto es muy preciso: “árbol de fruto que dé fruto”. Los sabios observan que la redacción no es casual. No dice solamente árbol que produzca fruto, sino árbol de fruto.

De aquí surge una enseñanza profunda: la intención original de Hashem (el Eterno) era que el árbol entero fuera comestible, no solo su fruto.

Esto es reafirmado más adelante en Bereshit (Génesis) 1:29:

“He aquí que os he dado toda planta que da semilla… y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os será para comer”.

El diseño divino apuntaba a un mundo donde no existiera separación entre el medio y el resultado, entre el camino y la recompensa.


La respuesta de la tierra: una obediencia incompleta

Sin embargo, el texto revela un detalle clave:

“Y produjo la tierra… árbol que da fruto”.

Los sabios notan que la tierra no produjo “árbol de fruto”, sino “árbol que da fruto”. El fruto fue bueno, pero el árbol ya no compartía la misma naturaleza.

Aquí surge una enseñanza sorprendente del judaísmo: la tierra desobedeció parcialmente la orden de Hashem (el Eterno). No fue una rebelión abierta, sino una desviación silenciosa. Cumplió el resultado, pero alteró el diseño.


Por qué Hashem permitió esto

Los comentaristas explican que esto no fue un error accidental, sino una lección anticipada para el ser humano.

Así como la tierra falló en ejecutar perfectamente la voluntad divina, el ser humano también fallaría.

Desde el inicio, Hashem (el Eterno) mostró que el mundo no sería perfecto, sino un espacio de aprendizaje, corrección y responsabilidad.


La maldición de la tierra y sus consecuencias

Más adelante leemos en Bereshit (Génesis) 3:17:

“Maldita será la tierra por tu causa…”

Aquí se profundiza la ruptura. La tierra, que ya había alterado el diseño original, ahora queda afectada por el pecado del hombre.

Según algunos sabios, la naturaleza misma entró en deterioro. No solo el hombre cayó: la creación entera fue impactada. Esto explica por qué el mundo ya no refleja plenamente la armonía del Edén.


Noaj (Noé) y la esperanza de restauración

En Bereshit (Génesis) 5:29 leemos:

“Y llamó su nombre Noaj (Noé), diciendo: ‘Este nos consolará de nuestras obras y del trabajo de nuestras manos, a causa de la tierra que Hashem (el Eterno) maldijo’”.

Noaj (Noé) representa descanso, alivio y reinicio. Según la tradición rabínica, fue el primero en innovar herramientas de labranza, asociadas al arado.

Su nombre está ligado al consuelo práctico y espiritual, porque a través de él la tierra comenzó a aliviar el peso de la maldición.


Enseñanza central de la parashá

El problema no fue solo el pecado del hombre, sino la ruptura entre propósito y ejecución.

El fruto puede verse bien, pero si el árbol no es íntegro, el diseño está incompleto.

Hashem (el Eterno) no busca solo resultados; busca coherencia entre lo que somos y lo que producimos.

Así como la tierra falló, el ser humano también lucha entre intención y acción. Pero desde Bereshit (Génesis) aprendemos algo esencial:

Hashem (el Eterno) no abandona Su creación por sus fallas; la guía hacia la restauración.
El mundo no fue creado perfecto; fue creado redimible.

Shalom

Puntuación: 1 de 5.

Deja un comentario