Texto bíblico
Bereshit (Génesis) 35:2 Dijo Iahacov a la gente de su casa y a todos los que estaban con él: Quitad los dioses extraños que hay en medio de vosotros, purificaos y mudad vuestras ropas
En esta parashat es muy importante prestar atención a lo que está pasando en este pequeño relato. ¿Por qué Iahacov (Jacob) le dice a su gente que quitaran los dioses extraños que tuvieran en sus tiendas y que se purificaran y que se cambiaran su estilo de ropas?
Bueno, esta es la continuación de la parashá anterior que la titulamos La deshonra de Dina: una historia bíblica que muchos prefieren ignorar. Detallaba que Iahacov vivió un tiempo en Shejem (Siquem). Cuando Iahacov llega a esta tierra fue alrededor del año 1800 a.C. (aprox.). Para ese tiempo, el hijo de Noah (Noé), Ham (Cam), después de la deshonra que le había hecho a su padre, su descendencia ya había formado Quenahán (Canaán) y parte de esta población se encontraba en ese pueblo llamado Shejem, que estaba ubicado en la región central de Quenahán. Este lugar, según los historiadores, era un valle fértil entre dos montes importantes: el monte Guerizzím (Gerizim) y el monte Hebál (Ebal).
Y estos dos montes formaron parte de una decisión fuerte para el pueblo de Israel, empezando con Abraham. Leamos:
Bereshit (Génesis) 12:5-6 Tomó Abram a Sarai su mujer y a Lot -el hijo de su hermano- y todos sus bienes que habían adquirido, así como las almas que hicieron en Harán. Partieron para dirigirse a la tierra de Quenahán y llegaron hasta la tierra de Quenahán. Se internó Abram en la tierra hasta el emplazamiento de Shejem, hasta la encina de Moréh. Y a la sazón los Quenahanim estaban en la tierra
Aquí vemos el primer contacto que tuvo Abraham con la tierra de Shejem. Ese lugar fue un importante punto de encuentro entre nuestro patriarca con Adonai donde reafirma la promesa de su descendencia. Este es el primer altar que Abraham levanta en la tierra prometida y esto ocurre precisamente en la zona de Shejem (entre Guerizzím y Hebál). Años después vemos que esto mismo pasa, pero ahora con su nieto Iahacov. Leamos:
Bereshit (Génesis) 33:18-20 Llegó Iahacov en paz a la ciudad de Shejem en la tierra de Quenahán cuando venía de Paddán-Aram y acampó frente a la ciudad. Adquirió la parcela del campo donde había tendido allí su tienda de mano de los hijos de Uamor padre de Shejem por cien Kesitáh. Erigió allí un altar e invocó ante él: ¡Él es Dios de Israel!
Nuevamente Iahacov llega al mismo sitio que su abuelo Abraham, compra tierra y levanta un altar y reconoce al Elohim de Israel igual que su ancestro, y aquí viene la parte importante de estos dos montes Guerizzím y Hebál que siglos después marcarían el rumbo de Israel como nación. Leamos:
Devarim 27:3-5 Y habrás de escribir sobre ellas, todas las palabras de la Toráh, ésta, cuando hayas pasado; para que vengas a la tierra que Adonai tu Dios te concede a ti, tierra que fluye leche y miel como había hablado Adonai, Dios de tus patriarcas, a ti.
Y será que al vuestro cruzar el Iardén, habréis de erigir las piedras estas que yo os ordeno a vosotros hoy en el monte Hebál; y las blanquearás con cal. Y construirás ahí un altar ante Adonai tu Dios, altar de piedras, no deberás blandir sobre ellas hierro.
Aquí vemos cómo Hashem instruye al pueblo de Israel sobre lo que debían hacer inmediatamente después de cruzar el río Jordán y entrar en la Tierra Prometida, descrita como “tierra que fluye leche y miel”.
El mandamiento es el siguiente: debían tomar piedras grandes, blanquearlas con cal y escribir sobre ellas todas las palabras de esta Torá. Estas piedras debían ser erigidas en el Monte Ebal. Además, en ese mismo lugar tenían que construir un altar a Adonai, hecho de piedras enteras, sin que se usara sobre ellas ninguna herramienta de hierro.
Este acto simbolizaba la consagración de la tierra recién conquistada a Dios. Al escribir la Torá sobre las piedras y levantar un altar sin profanarlas con hierro, Israel declaraba públicamente su obediencia a la Ley divina y renovaba su alianza con Adonai al comienzo de su vida en la Tierra Prometida. Ahora leamos:
Devarim 27:12-13 Ordenó Moshéh al pueblo en aquel día diciendo: “Estos son los que estarán de pie para bendecir al pueblo sobre el monte Guerizzím, cuando hayáis cruzado el Iardén: Shimhón y Leví y Iehudáh e Issajár y Iosef y Biniamín. Y estos estarán de pie por sobre la maldición, en el monte Hebál: Reubén, Gad y Ashér y Zebulún, Dan y Naftalí.
En estos versículos vemos algo sorprendente. Recordemos que es en el lugar de Shejem. Moshéh (Moisés) instruye al pueblo de Israel sobre la ceremonia que debían realizar después de cruzar el río Jordán.
Dios ordenó que, una vez en la Tierra Prometida, seis tribus se colocaran sobre el monte Guerizim para proclamar las bendiciones, y las otras seis tribus se situaran sobre el monte Hebál para proclamar las maldiciones.
Las tribus que estarían de pie sobre el monte Guerizim para bendecir al pueblo serían: Shimhón (Simeón), Leví, Iehudáh (Judá), Issajár (Isacar), Iosef (José) y Biniamín (Benjamín).
Por su parte, las tribus que estarían sobre el monte Hebál para la maldición serían: Reubén, Gad, Ashér (Aser), Zebulún, Dan y Naftalí.
Esta disposición dividía al pueblo en dos grupos enfrentados en los dos montes, creando una poderosa ceremonia simbólica en la que se proclamaban públicamente las consecuencias de la obediencia (bendiciones) y de la desobediencia (maldiciones) a la Torá.
Y estos mismos montes vuelven a sobresalir, pero ahora con Josué al meterlos a la tierra prometida. Leamos:
Josué 8:33-34 Entonces Josué edificó un altar á Hashem Elohim de Israel en el monte de Ebal, como Moisés, siervo de Hashem, lo había mandado á los hijos de Israel, como está escrito en el libro de la ley de Moisés, un altar de piedras enteras sobre las cuales nadie alzó hierro; y ofrecieron sobre él holocaustos á Hashem, y sacrificaron víctimas pacíficas. También escribió allí en piedras la repetición de la ley de Moisés, la cual él había escrito delante de los hijos de Israel. Y todo Israel, y sus ancianos, oficiales y jueces, estaban de la una y de la otra parte junto al arca, delante de los sacerdotes Levitas que llevan el arca del pacto de Hashem; así extranjeros como naturales, la mitad de ellos estaba hacia el monte de Gerizim y la otra mitad hacia el monte de Ebal; de la manera que Moisés, siervo de Hashem, lo había mandado antes, para que bendijesen primeramente al pueblo de Israel. Después de esto, leyó todas las palabras de la ley, las bendiciones y las maldiciones, conforme a todo lo que está escrito en el libro de la ley.
Aquí vemos nuevamente que lo que había empezado con Abraham, Iahacov, Moshéh, ahora concluía con Josué. El pacto de Hashem con su pueblo se estaba cumpliendo, y es importante ver lo que en esos dos montes: uno era testigo de bendición y otro de maldición, como lo ordeno Moshéh con las 12 tribus, porque Iahacov lo había hecho siglos antes en el versículo central del tema. Leamos:
Bereshit (Génesis) 35:2 Dijo Iahacov a la gente de su casa y a todos los que estaban con él: Quitad los dioses extraños que hay en medio de vosotros, purificaos y mudad vuestras ropas
Este versículo pudiera parecer ilógico y pudiéramos preguntarnos ¿cómo el padre de Israel Iahacov sabía que su gente de su propia casa tenían dioses extraños? ¿En qué momento él pudo permitir que esto pasara? ¿por qué hasta este punto Iahacov se atrevió a dar este mandato? y ¿qué lo orilló a tomar esta decisión de ya quitar los dioses extraños?
Y aquí quiero dar mi opinión, pudiendo entender cómo llegó el padre de Israel a permitir que hubiera esos dioses en su hogar, cuando sus ancestros fueron monoteístas, solo creían en un solo Elohim, en el Elohim supremo Yawhe, y quiero empezar a entender cómo pudieron existir estos dioses en la casa de Israel.
Y esto mismo lo vimos en la parashá pasada titulada La deshonra de Dina: una historia bíblica que muchos prefieren ignorar. Aquí detallo lo que Iahacov y su casa veían a diario y explico que Iahacov tenía buena relación con esa población. Ellos mismos lo ayudaron a instaurarse en su propia región, le vendieron sus tierras, había una buena convivencia al parecer. Pero algo que quizás pasaron por alto: estas personas eran descendientes de Quenahán. En esa tierra, aunque en el futuro iba a ser de los hijos de Israel, en ese momento el espíritu de Quenahán existía.
Recordemos que, a pesar de que Iahacov pudo vivir cerca de esta tribu, ellos estaban llenos de prácticas espirituales paganas, adoraban otros dioses y esto pudo hacer que algún siervo de Iahacov, algún esclavo suyo o hasta algún hijo suyo adquiriera estas deidades y la llevaran consigo, y al huir Iahacov de Shejem debido a lo que habían hecho sus dos hijos en venganza por su hermana, Iahacov emprende una huida para evitar que sean eliminados por los de Quenahán.
Y aquí quisiera responder otra pregunta que hice ¿Qué lo orilló a tomar esta decisión de ya quitar los dioses extraños? Para esto tenemos que leer el primer versículo de este tema. Leamos:
Bereshit (Génesis) 35:1 Dijo Elohim a Iahacov: Levántate, asciende a Bet-El y permanece allí. Y haz allí un altar para Hashem, que se te apareció en tu huir de ante Hesav, tu hermano.
Este versículo nos da la respuesta. Iahacov sabía que al lugar donde Hashem lo estaba enviando era un lugar santo, un lugar sagrado, donde no podía haber ninguna profanación, ninguna impureza, por eso les pide también que se limpien, que se cambien de ropa, porque el lugar donde iban era el lugar donde habitaba Hashem. Leamos:
Bereshit (Génesis) 28:10-17 Salió Iahacov de Beer Shevah y fue hacia Harán. Se encontró con el lugar y pernoctó allí, pues el sol se había puesto; tomó de las piedras del lugar y las dispuso debajo de su cabeza y se acostó en el lugar aquel. Y él soñó: y he aquí que había una escalera afirmada sobre la tierra y su cabezal llegaba hasta los cielos y he aquí que los enviados de Elohim ascendían y descendían por ella. Y he aquí que Adonai estaba presente a su lado y dijo: Yo soy Adonai, Dios de Abraham tu padre y el Dios de Itshak: la tierra sobre la que tú estás acostado, a ti te la habré de dar y a tu descendencia. Y será tu descendencia cual polvo de la tierra e irrumpirás hacia el occidente y el oriente y hacia el norte y el sur. Y serán bendecidas por tu causa todas las familias de la tierra y por la de tu descendencia. Y he aquí que Yo estoy contigo y te protegeré dondequiera que tú anduvieres y te haré retornar a esta tierra, pues no habré de abandonarte hasta que haya hecho lo que he hablado a tu respecto. Despertó Iahacov de su sueño y dijo: ¡En verdad Adonai está presente en este lugar mas yo no lo sabía! Y se conmovió y exclamó: ¡Cuán imponente es este lugar, no es sino la morada de Elohim y este es un pórtico hacia los cielos!
Iahacov sabía que el lugar donde iba ahora con toda su descendencia no era cualquier lugar, era un lugar santo, era el lugar donde el cielo y la tierra se conectaba y donde la presencia de Hashem se manifestaba, y podemos ver el gran concepto que tenía Iahacov con lo sagrado y quizás como lo hemos visto a lo largo de la historia entre patriarcas como Moisés cuando les dice en medio de esos dos montes:
Devarim 27:15 Maldecido sea el hombre que hiciere escultura o fundición -abominación ante Adonai- obra de las manos del tallista, y lo colocare en oculto, y responderán todo el pueblo y dirán: Amén.
Josué hizo lo mismo al decirle a toda la congregación:
Josué 24:14-15 Ahora pues, temed á Hashem, y servidle con integridad y en verdad; y quitad de en medio los Elohimes á los cuales sirvieron vuestros padres de esotra parte del río, y en Egipto; y servid á Hashem. Y si mal os parece servir á Hashem, escogeos hoy á quién sirváis; si á los Elohimes á quienes siervieron vuestros padres, cuando estuvieron de esotra parte del río, ó á los Elohimes de los Amorrheos en cuya tierra habitáis: que yo y mi casa serviremos á Hashem.
A lo largo de la historia esta misma historia se repetía. Siempre los patriarcas, los profetas, los reyes y hasta el tiempo de Yeshua, la maldad, la oscuridad siempre ha querido mezclarse con lo verdadero y esto no es algo de extrañarse. Yeshua lo dijo claramente. Leamos:
Mateo 13:24-30 Jesús les contó otra parábola: «El reino de los cielos puede compararse a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero mientras los hombres dormían, vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando el trigo brotó y produjo grano, entonces apareció también la cizaña. Y los siervos del dueño fueron y le dijeron: “Señor, ¿no sembró usted buena semilla en su campo? ¿Cómo, pues, tiene cizaña?”. Él les dijo: “Un enemigo ha hecho esto”. Y los siervos le dijeron: “¿Quiere usted que vayamos y la recojamos?”. Pero él dijo: “No, no sea que al recoger la cizaña, arranquen el trigo junto con ella. Dejen que ambos crezcan juntos hasta la cosecha; y al tiempo de la cosecha diré a los segadores: ‘Recojan primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, pero el trigo recójanlo en mi granero’”».
La Escritura muestra un patrón que no cambia. Desde la casa de Jacob, pasando por el liderazgo de Moisés y la determinación de Josué, hasta la enseñanza de Jesús, la realidad es la misma: el pueblo puede vivir en medio de la mezcla, pero nunca es llamado a permanecer en ella.
La cizaña puede crecer junto al trigo por un tiempo, pero el trigo verdadero siempre responde al llamado de Dios. No porque sea perfecto, sino porque reconoce que dentro de él aún hay cosas que deben ser quitadas.
Por eso, el mandato en Génesis 35:2 sigue vigente en esencia: quitar lo ajeno, purificarse y cambiar.
No es un llamado a señalar lo que está fuera, sino a discernir lo que aún permanece dentro. Porque la diferencia entre la mezcla y la santidad no está en el entorno, sino en la decisión.
Al final, el mensaje es uno solo a lo largo de toda la Escritura: Dios permite el proceso, pero espera la respuesta.
Yeshua enseñó que el Reino de los cielos no se establece primero en lo visible, sino en lo interior del hombre. Así como Iahacov llamó a su casa a quitar lo extraño antes de presentarse delante de Dios, Yeshua llama a cada corazón a una transformación real, no superficial.
El trigo no deja de crecer por la presencia de la cizaña, pero sí responde al tiempo de la cosecha. De la misma manera, el verdadero discípulo no es el que nunca estuvo en medio de la mezcla, sino el que responde cuando escucha la voz de Dios.
Porque al final, la enseñanza es clara: Dios no busca perfección inmediata, pero sí una decisión verdadera. Y aquel que decide apartar lo ajeno, purificarse y caminar en obediencia, ese es el que realmente pertenece al Reino.
Shalom.

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