Texto bíblico
Bereshit (Génesis) 39:2-3 “Y estuvo Adonai con Iosef y éste fue hombre que prosperaba y permaneció en casa de su amo, el egipcio. Vió su amo que Adonai estaba con él y todo lo que él hacía, Adonai lo hacía prosperar por su mano.”
Hoy en esta parashá hablaremos de la continuación de José ya viviendo en Egipto como esclavo. Recordemos que José fue vendido primero a Potifar. La historia muestra que siendo un jovencito de aproximadamente 16 a 18 años, sus hermanos lo vendieron a una caravana de ismaelitas y madianitas, como lo explicamos en la parasha anterior. La Torá muestra que primero fue vendido a Potifar, un oficial importante de Faraón.
Bereshit (Génesis) 39:1 “En cuanto a Iosef, había sido bajado a Egipto y lo había comprado Potifar, cortesano de Parhó, jefe de mayordomos, hombre egipcio, de manos de los ishmaelitas que lo habían bajado allí.”
La historia muestra que, al parecer, José había sido vendido como esclavo. José antes de ser esclavo vivía en una familia que tenía todos los recursos. Jacob tenía mucho dinero, mucho ganado y muchos siervos; lo que en realidad Jacob tenía era inmenso. Si nos ponemos a profundizar en la vida de Jacob, se pudiera comparar como un hombre sumamente rico. Desde Abraham, Isaac y Jacob eran personas que eran sumamente bendecidas por Hashem y su estilo de vida. La Torá no muestra que batallaran por dinero. La Biblia solo resalta que en toda su región, en ciertas etapas de sus vidas, hubo momentos de hambruna en toda la región, pero la Torá muestra que tenían recursos para poder comprar.
Entonces, si analizamos todo esto, la vida de José nunca fue dura como tal. Él se podía levantar y saber que había comida en su casa, podía ver a los siervos de su padre trabajando para ellos. Un joven que apenas empezaba a tener sueños de prosperidad y grandeza, en un día vio cómo se escapaban de sus manos. Se encontró en un pozo, despojado de sus ropas finas. Ahora iba caminando por el desierto con sus manos amarradas a un lugar desconocido. Llega a un mercado donde ve a jóvenes, niños, adultos y ancianos puestos como mercancía mientras hombres acaudalados se pasean viendo a quién comprar. La mirada de un jovencito que tenía todo ahora tiene un futuro incierto. Escucha gritos, azotes, monedas cayendo en cajas de vendedores, y en ese momento llega un jefe de oficiales llamado Potifar. Ve al hebreo que resalta de entre los demás. No ve sus manos maltratadas, su aspecto es sano, se nota que su vida fue totalmente diferente a la de los demás esclavos y les dice a los comerciantes que lo quiere.
José en ese momento se da cuenta de que ya no es un hombre libre, ya no tiene dignidad, ya no es un ser humano. Ahora es un objeto de servicio y es separado en ese momento de los esclavos a un hogar grande donde ahora tendrá que hacer diferentes tareas para recibir un lugar donde poder dormir, un plato de comida donde se pueda saciar. La vida que tenía con todas las comodidades ahora solo son recuerdos de una corta vida que logró disfrutar. Y en ese momento pudo haber llegado a su memoria: ¿Por qué tuve que contar esos sueños? ¿Por qué mi padre tuvo que haberme regalado ese manto diferente? Ahora en su soledad tiene mucho tiempo para asimilar su nueva vida lejos de su familia.
Pero esto me recuerda al versículo de esperanza que David escribió en un momento de recuerdo que quizás en su juventud se puede asemejar a lo que estaba viviendo José:
Salmos 37:25 “Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan.”
Y en realidad este salmo estaba confirmando lo que David dejó plasmado en este salmo de esperanza: Hashem permanecía con José en ese lugar probablemente oscuro sin todas las comodidades. José pudiera ser que en ese momento se aferró a esos sueños esperando que fuera su salida de la esclavitud. Y la única forma de seguir con esa esperanza es ver señales del cielo. Y así fue, ya que la Torá muestra que la casa de Potifar empezó a ser próspera desde la llegada de José.
Bereshit (Génesis) 39:2-4 “Y estuvo Adonai con Iosef y éste fue hombre que prosperaba y permaneció en casa de su amo, el egipcio. Vió su amo que Adonai estaba con él y todo lo que él hacía, Adonai lo hacía prosperar por su mano. Halló Iosef gracia en sus ojos y le asistía a él. Le puso a cargo de su casa y todo lo que él tenía lo entregó en su mano.”
Esto nos recuerda que en aflicciones Hashem nunca abandona a sus hijos. Eso mismo lo vimos cuando Jacob, quizás no siendo un esclavo como tal pero tuvo que trabajar 14 años para su suegro Labán por el engaño de su suegro, no siendo justo, mintiéndole cada vez que tenía la oportunidad para seguir haciéndose rico a costa de su yerno. Jacob tuvo que trabajar varios años para que pudieran ser entregadas sus esposas legalmente y poder ya no deberle nada a su suegro. Dice la misma Torá que Hashem hizo que todo lo que tenía Labán fuera prosperado porque Hashem estaba con Jacob:
Bereshit (Génesis) 30:30 “Pues poco es lo que tú tenías con anterioridad a mí, mas se ha acrecentado copiosamente y te bendijo Adonai en pos de mis pasos. Y ahora ¿Cuándo habré de hacer yo también para mi propia casa?”
Estos pasajes reafirman lo que David escribió en ese salmo: nunca he conocido un justo. A veces pensamos que la palabra “justo” es alguien que es una buena persona o alguien que no hace cosas malas, pero esta palabra en la raíz hebrea es mucho más grande que ser bueno o no hacer daño a alguien. La palabra que normalmente se traduce como “justo” en hebreo es צַדִּיק (Tzadik). Y en el pensamiento hebreo, un Tzadik no es alguien perfecto ni sin pecado. Más bien, es una persona que procura caminar correctamente delante de Adonai, obedeciendo sus mandamientos y actuando con fidelidad, integridad y misericordia.
Y eso mismo lo vimos con Jacob. Vemos que a pesar de sus errores, de haber engañado a su padre y a su hermano, él tuvo que salir de su hogar para tener un verdadero encuentro con Hashem. Y es allí donde empieza a tener una relación con Hashem, empieza a caminar correctamente delante de Adonai, empieza a tener esa fidelidad, integridad y misericordia. Por eso le alcanzó esa justicia que viene de Hashem y todo lo que hacía era bendecido por su fidelidad.
Ahora José empezaba a tener esos destellos de luz en la oscuridad. La justicia de Hashem empezaba a manifestarse. Todos los miedos que pudiera haber pasado por la cabeza de un adolescente —recordemos lo que era José, un adolescente—. Si tú que estás leyendo esto recuerdas cuáles eran tus pensamientos de adolescente, podrás recordar que todo lo nuevo, lo desconocido, causaba temor, porque a esa edad los miedos y los temores son grandes, son gigantes. Y con esto no quiero decir que ya de grande esos miedos y temores desaparecen. Siguen estando allí, pero la experiencia de la vida nos recuerda que sí aparecerán pero no duran para siempre si te sabes conducir correctamente en esta vida y cuando nuestra mente está conectada con el gran Yo Soy.
José apenas estaba experimentando la vida desde una perspectiva diferente, ya no de ser un hijo de un padre rico, sino de ser un esclavo sirviendo a su amo rico. Pero la Torá muestra que desde la llegada de José en esa casa las bendiciones empezaron a ser manifestadas en la vida de Potifar. Hashem le estaba dando visión espiritual para que entendiera que era de parte de José. Y no dudo que José todo eso se lo atribuía a Hashem. No dudo que José le contara de ese Dios grande que sacó un día de una tierra lejana a su bisabuelo Abraham, las historias que pasó con su hijo Isaac, cómo su padre logró hacerse de grande riqueza saliendo de su casa con nada y cómo Hashem lo prosperó. Quizás la Torá no muestre estas pláticas que probablemente pudieron tener José y Potifar. Pero sí me hace pensar que pudieran tener tardes de pláticas ya que la misma Torá dice que Potifar halló gracia en José.
Cuando la Escritura dice que José halló gracia ante los ojos de Potifar, utiliza la palabra hebrea Jen (חֵן), que significa favor, aceptación y buena disposición. Sin embargo, el relato deja claro que ese favor no surgió simplemente por la capacidad natural de José, sino porque Potifar pudo ver que Adonai estaba con él. Todo lo que José hacía prosperaba, y esa bendición era tan evidente que su amo comenzó a confiar plenamente en él. De esta manera, la gracia se manifiesta como el favor que Dios concede a una persona y que llega a ser visible para quienes la rodean. José no buscó ganarse la confianza de Potifar mediante títulos o posición; fue la presencia de Adonai sobre su vida la que produjo ese favor. Por eso, la gracia en esta historia no es solo un sentimiento de simpatía, sino una evidencia de la obra de Dios que llevó a Potifar a entregarle la administración de toda su casa.
Sería bonito terminar la historia así y que todo fue maravilloso para José, pero sabemos que otra tormenta más grande vendría a su vida, pero otra victoria también iba a llegar. Esto será para la siguiente parashá.
La vida de José nos recuerda una verdad que muchas veces olvidamos cuando atravesamos momentos difíciles: la presencia de Dios no siempre evita las pruebas, pero sí nos acompaña en medio de ellas. Yeshua, nuestro Mesías, nos enseñó esto con claridad cuando dijo: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20). Cuando llegamos a este punto de la historia, José no era un hombre poderoso ni una persona reconocida. Era un adolescente lejos de su familia, viviendo en una tierra extraña y sirviendo como esclavo. Humanamente hablando, tenía razones para sentirse abandonado. Sus sueños parecían cada vez más lejanos y todo aquello que alguna vez le dio seguridad había desaparecido.
Sin embargo, la Torá nos muestra algo que nadie pudo quitarle: Adonai estaba con él. Yeshua nos invita a confiar en esa misma presencia constante, incluso cuando las circunstancias gritan lo contrario. La bendición de Dios no dependía del lugar donde se encontraba José, sino de la relación que Dios tenía con él. Del mismo modo, Yeshua nos llama a permanecer en Él, porque “separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5), pero con Él, aun en la esclavitud, el pozo o la prisión, podemos prosperar en el espíritu y ver la mano de Dios obrando.
Tal vez hoy alguien que está leyendo estas palabras se encuentra atravesando una etapa que no entiende. Quizás las cosas no salieron como esperaba. Si ese es tu caso, recuerda a José y recuerda las palabras de Yeshua: “No temas, yo estoy contigo”. La fidelidad de Dios no depende de lo que tus ojos pueden ver. La verdadera esperanza no consiste en creer que nunca enfrentaremos dificultades. La verdadera esperanza consiste en saber que ninguna dificultad tiene el poder de separarnos de la presencia de Dios.
Que esta semana podamos recordar que, así como Adonai estuvo con José en la incertidumbre y como Yeshua promete estar con nosotros hasta el fin, también está con nosotros en cada paso del camino. Porque la mayor evidencia del amor de Dios no es la ausencia de pruebas, sino su presencia constante en medio de ellas. Amén.
Shalom.

Deja un comentario